Marco Tulio Cicerón: componentes platónicos de su pensamiento retórico

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Sigue Cicerón al pie de la letra la doctrina platónica en su constante exigencia -que se advierte en el De oratore, en el Brutus y en el Orator- de amplia formación filosófica para el orador: la teoría de la elocuencia está en los manuales de Filosofía, y la Retórica se aprende en las escuelas filosóficas, razón por la cual un filósofo está capacitado para pronunciar un discurso sin necesidad de haber estudiado la Retórica, aunque matiza que Filosofía y Retórica están indisoluble­mente unidas, de tal modo que no puede desarrollarse la una sin la otra y viceversa. En realidad, no está postulando que Filosofía y Retórica sean una misma cosa, ya que a la Retórica la caracteriza el ornate dicere, el hablar con elegancia, y necesita la formación filosófica, mientras que ésta no requiere expresarse estéticamente; lo que él dice es que al filósofo no se le necesita exigir conocimientos retóricos, mientras que el orador viene a ser una especie de filósofo elocuente. Esta idea lo aleja de las doctrinas de los estoicos y le hace postularse claro seguidor de los académicos (escuela que siguió desarrollando la doctrina platónica) y de los peripatéticos (discípulos de Aristóteles).
La exigencia de que el orador tenga una fuerte formación filosófica está muy en contacto, también, con el que Cicerón ataque -igual que ya lo hiciera Sócrates- a los rétores que creen estar en disposición de defender cualquier cuestión con sólo tener los conocimientos suficientes de Retórica. Para él, grandes modelos fueron Demóstenes, prototipo de orador-filósofo, o Isócrates, o los académicos y los peripatéticos -filósofos interesados por el fenómeno de la elocuencia- y el propio Platón, del que dice que fue tan experto en Filosofía como podría haberlo sido en Retórica.
En palabras de ALBERTE GONZÁLEZ (1987: 22):
  • "Así pues, para Cicerón la elocuencia deberá integrar la filosofía, formando una unidad como la del cuerpo y alma; de ahí que para él tan rechazable sea el orador sin conocimientos filosóficos como el filósofo sin dominio de la elocuencia. En este sentido Platón constituye para Cicerón no sólo el aval de su argumentación sino también el modelo que mejor encarna tal situación. Al propio tiempo, Cicerón llevado por el espíritu de la æmulatio platónica, como señalaría más tarde Quintiliano, se propone a sí mismo como modelo de la oratoria filosófica, mostrándose orgulloso de haber atendido por igual a la elocuencia que a la filosofía."
En pura consonancia con lo visto, es lógico que de los postulados platónicos de Cicerón se desprenda su desprecio hacia muchos rétores contemporáneos por su desconocimiento de la Filosofía y su total circunscripción a la preceptiva retórica sin más, lo que le lleva a trazar una barrera, que se perpetuará bastantes siglos, entre el gran orador y el orador mediocre, barrera situada en la formación intelectual de cada uno de ellos. No le deja indiferente la cuestión, y se puede incluso estudiar el sistema denominativo para los diferentes tipos de oradores, tanto en lo referente a las oposiciones léxicas que articulan la clasificación de los tipos de orador, cuanto en la propia caracterización de la terminología.
Ahora bien, Cicerón no suele escatimar esfuerzos, ni calificativos poco favorables para sus receptores, a la hora de hablar de quienes, con sólo su formación retórica o con el único aviso de sus cualidades naturales, se lanzan a la profesión de la Oratoria con total ignorancia de la Filosofía. Una actitud de desprecio que también se ve en el Gorgias o en el Fedro y que viene a ser la que Sócrates adoptara contra los rétores de su época al ponerlos en ridículo por no hacer otra cosa que discursos vacíos.
Así pues, Cicerón no llega a estar totalmente conforme con la figura del rétor -ni tampoco con los manuales de Retórica al uso-, igual que le ocurriera ya a Platón y a los Académicos ; sólo reconoce la bondad de la disciplina retórica en tanto en cuanto se encuentre indisociablemente unida a la Filosofía y cumpla con el mismo deber que a ésta le encomienda Platón: formar buenos ciudadanos.
Lógicamente, si la Filosofía es algo tan importante y necesario para la Retórica, habrá que estudiar qué influencias filosóficas platónicas se pueden rastrear en la doctrina retórica de Cicerón.
Lo primero de todo, vemos que considera a la Dialéctica como método de razonamiento imprescindible para la elaboración de un buen discurso , pero no la Dialéctica entendida al modo de los estoicos, sino al de los académicos y peripatéti­cos, esto es, concebida a la vez en tanto que instrumento de búsqueda de la verdad y buen método para el ejercicio de la elocuencia. Con esto, lo que hace es poner la Dialéctica al servicio de la Oratoria y, lógicamente, al de la formación de buenos ciudadanos, que es objetivo compartido por la Filosofía y la Retórica, como se ha dicho algo más arriba.
Es precisamente el conocimiento de la Dialéctica lo que le permitirá al orador, en opinión de Cicerón, ser capaz de superar la discusión de la cuestión concreta en litigio -lo que la terminología retórica denomina quæstio finita- para presentar ese asunto como un ejemplo más de la discusión de universales ontológicos -la quæstio infinita- , que son por naturaleza mucho más reducidos en número. El buen orador se diferenciará del malo, en suma, porque es capaz de escapar de la contingencia del litigio para elevarse al plano de la generalidad. Para expresarlo con un ejemplo, si lo que se discute es la oportunidad o no de emprender una campaña militar, el mal orador se limitará a exponer argumentos a favor y en contra de esa campaña, en ese momento y contra esos enemigos, mientras que el buen orador, aparte de dar esos razonamientos, hablará también sobre la naturaleza y conveniencia de cualquier guerra, sobre lo inevitable de los conflictos entre los seres humanos... etcétera; éste será el que Cicerón llame excellens orator, mientras que el primero recibirá el calificativo -entre otros- de vulgaris orator .
Otra exigencia para el orador, procedente de la Filosofía, será su calidad de hombre bueno. Desde luego, si Filosofía y Retórica son inseparables, y si la función de la Filosofía es formar hombres buenos capaces de educar a buenos ciudadanos, está meridianamente claro que el orador, al contar con la misma finalidad, debe también, y gracias a su formación filosófica, ser hombre bueno. Y no es que este requerimiento fuera nuevo en Cicerón, ni siquiera en Platón; lo que ocurre es que la formulación ciceroniana muestra dependencia del aserto socrático-platónico, arriba ya mencionado, de que un sabio, un hombre bueno, es capaz de actuar como elocuente también.
Pero esa bondad exigida no debe limitarse a la mera apariencia de buena conducta y moralidad públicas, sino que requiere precisamente la posesión de auténticas virtudes morales, ya que (ALBERTE GONZÁLEZ 1987: 53):
  • "la elocuencia, en cuanto síntesis del conocimiento filosófico y dominio literario, no sólo va a consistir en el bien decir sino también en el bien obrar, aspectos estos de inequívoca raigambre platónica, ajenos a todo planteamiento retoricista más interesado por la seducción del oyente que por la defensa de la verdad."


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